Enduro Racer y una lección de vida

Mis padres no contaban cuando me regalaron por reyes la Master System con el enorme montante que costaba un videojuego, por lo que a la hora de elegir los títulos que quería, debía regirme por el abanico de posibilidades de la gama económica de Sega. 1995 leandras etiquetadas en la baja estantería de El Corte Inglés, nostalgia almidonada que me empaña las lentillas. Gracias a ello pude gozarlo con cosas como The Ninja, Secret Command o Transbot, pero sin duda, el que me hizo aprender una impepinable lección de vida fue Enduro Racer y su puto final.

Les tiene que sonar, una motillo que manejamos en perspectiva isométrica mientras esquivamos pedruscos y saltamos por rampas. Una mala conversión de la recreativa del 86 que poco tenía que ver con su homónimo arcade. Pero ya saben, en la ignorancia está la felicidad, y me la sudaba bastante que mi vecino Moisés ya tuviera la Megadrive, o que mi primo Álvaro tuviera una colección de juegos “de los caros” para su Master System que no apreciaba. Los odiaba y deseaba arrancarles las entrañas, pero en el fondo me la sudaba en parte gracias a la burbuja informativa pre-Internet. Todo era más bonito.

enduro-racer

Enduro Racer era jodido de cojones, y eso que su duración era bastante vergonzosa. 10 niveles que podían pasarse en menos de 15 minutos entre pitos y flautas, pero que para superarlos, además de elegir con sabiduría las mejoras para la moto entre un escenario y otro, había que saberse los mapas a dedillo, y eso es lo que hice. Teníamos en casa una cámara de vídeo que nos había prestado mi tío para filmar cosas del viaje que hicimos en el 91 a La Manga del Mar Menor (lo juro), así que aproveché esos días y la usé para grabarme mientras jugaba y visionarlo después con calma para así dibujar todos los circuitos y sus obstáculos en un papel. También grabé una película protagonizada por mis G.I. Joe, pero esa es otra historia.

El caso es que tras muchos intentos lo logré, y mientras cruzaba la última línea de meta pensaba en la chulada de final que iba a ver. Yo que sé, unas imágenes pixeladotas de mi piloto levantando un trofeo rodeado de mozas en bikini como las Mama Chicho. Pero no, señora, aparecieron letras. Putas letras en un roll con fondo verde que vaya usted a saber qué significaban, porque estaban en perfecto inglés, y yo de eso pues poco con 8 años. Y después de eso salía un “The End” como un castillo. A tomar por culo la bicicleta, la moto y la madre que parió a los programadores del estudio AM2 de Sega. Esto no podía quedar así.

Volví a coger la cámara de vídeo e intenté pasarme de nuevo el juego para poder filmar el final. Recuerdo a mi madre hecha una furia porque no sabía qué estaba haciendo con el cacharro de las cintas, concretamente las cintas de película y las cintas de juego. De hecho, a día de hoy sigue utilizando esas denominaciones para referirse a un dvd: “Niño, ¿me has grabado la película que te dije en la cinta de cedé?” . El caso es que entre broncas pude grabar el final a escondidas. Todo ello para que, al igual que con los mapas, pudiera transcribir en papel aquellas frases con la intención de que alguien me las tradujese.

Y al colegio que fui con el papelajo para dárselo a mi profesora de primaria, doña Mª Eugenia, quien por cierto ha fallecido hace pocos días y quisiera que todos guardaseis unos segundos de silencio por ella. Como era una señora muy agradable, me prometió que al día siguiente buscaría a alguien para traducirlo al castellano y así fue, al poco tiempo me dio un papel y me hizo leerlo en voz alta en clase. En él estaba escrito  algo parecido a esto:

¡Felicidades! Has completado satisfactoriamente todos los niveles.

“Enduro” es un viaje simbólico a lo largo de la vida representado por una carrera. El resultado es irrelevante y lo que verdaderamente importa es la competición. De particular importancia son las lecciones referidas a uno mismo relacionadas con los encuentros que experimentas a lo largo del camino. No hay vencedor o perdedor en esta prueba de resistencia. Lo único que verdaderamente importa es que te has comprometido a empezar este largo viaje. Este juego está dedicado a todos los “motoristas de la vida” que han empezado el solitario viaje para encontrar sus propios límites individuales.

Por último, pero no menos importante, queremos felicitarte sinceramente por haber realizado una carrera perfecta.

Se me quedó el culo fino al leerlo tras haberme explicado mi profesora con calma lo que era una analogía y qué tenía que ver una carrera de motos con la vida. De hecho, esa mañana dedicamos unas cuantas horas a hablar de lo que queríamos ser de mayores y de nuestras todavía infantiles expectativas ante la vida. Enduro Racer era un juego de mierda, y el final un soberano desengaño, pero la sensación que me produjo el comprender aquellas aleccionadoras palabras compensó con creces todos los esfuerzos que realicé para pasármelo. Y creo que en eso consiste un buen final.

Artículo publicado originalmente en El Pixel Ilustre.

 

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